viernes, 24 de junio de 2011
Cuando era pequeña buscaba las manos de todo el mundo, no había nada mejor que eso. Siempre tenía mis favoritas, pero quién no. Después dejé de cogerlas y me dediqué a dibujarlas, lo cual a veces me parecía más complicado. Las pintaba y no paraba hasta que al mirarlas sintiese lo mismo que cuando las cogía. Intentaba que me tocasen con su carboncillo y sus sombras difuminadas, pero no siempre las líneas inacabadas eran suficientes, siempre se podían mejorar. Ahora ni las busco ni las dibujo. Las observo y a veces, solo a veces, echo de menos buscarlas con los ojos cerrados sabiendo que su carboncillo me dejará las mías manchadas como recuerdo de que estuvieron ahí y que en cualquier momento pueden volver. Pueden hacerlo.
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